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En el devocional anterior aprendimos sobre la misericordia y el amor compasivo de Dios. En 2 Samuel 9:3–7 nos dibuja un retrato de ése amor:
El rey le dijo: —¿No ha quedado nadie de la casa de Saúl, para que yo lo favorezca con la misericordia de Dios? Respondió Siba al rey: —Aún queda un hijo de Jonatán, lisiado de los pies. —¿Dónde está? —le preguntó entonces el rey. Siba respondió al rey: —Está en casa de Maquir hijo de Amiel, en Lo-debar. Entonces el rey David mandó a traerlo de la casa de Maquir hijo de Amiel, de Lo-debar. Al llegar Mefi-boset hijo de Jonatán hijo de Saúl, ante David, se postró sobre su rostro e hizo una reverencia. David le dijo: —Mefi-boset. —Aquí tienes a tu siervo —respondió él. Luego David añadió: —No tengas temor, porque a la verdad yo tendré misericordia contigo por amor de Jonatán tu padre. Te devolveré todas las tierras de tu padre Saúl, y tú comerás siempre a mi mesa. (RVR1995)
David hizo un pacto de sangre con Jonatán para mostrar a los descendientes de Jonatán la misericordia de Dios. Después de que Jonatán muriera, Mefiboset era el único descendiente que quedaba, y él se escondió en el desierto temiendo a David. Pero David lo encontró y le puso en alto para que fuese uno de sus propios hijos. Le fijó una mesa y le restauró todo lo que había perdido.
Éste es un retrato hermoso del pacto que Dios hizo con Su Hijo Jesús, un pacto sellado con la sangre de Cristo. Debido a lo que Jesús hizo, Dios nos muestra Su misericordia elevándonos a una posición de hijos e hijas e invitándonos a compartir el pan con Él en Su mesa.
¡Ésa es la misericordia de Dios!
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